
El pasado viernes participé en el Desayuno Terapéutico que organizamos en MFC con la psicóloga clínica Alexa Dacier. Hablamos sobre autocuidado, sobre cómo nos hablamos, qué y cómo nos decimos las cosas, qué tal llevamos lo pedir ayuda…
Fue super-inspirador.
Y tú, ¿te has parado alguna vez a pensar en cómo te hablas a ti misma? Esa voz interna que a veces te exige demasiado o te recuerda los pequeños errores… ¿Cómo crees que influye en tu día a día? ¿Y cómo crees que influye en tus hijos/as?
No sé si a ti te pasa. A mí sí.
Cuando algo no me sale bien, algo se me olvida… A veces exclamo en voz alta: «¡Jo*** soy gilipollas!» o un «¡Ostras, parezco tonta!».
Y resulta, que sin darnos cuenta, esa voz que usamos para hablarnos también la escuchan nuestros hijos e hijas. Nos miran, nos escuchan, nos reflejan.
Y no hace mucho, me sorprendí escuchando a mi hijo decir: «¡Jo, soy tonto!».
Y en ese momento se me ocurrió decir: «Eh, tú, no llames tonto a mi hijo». Me miró, tras medio segundo de confusión, esbozó media sonrisa cómplice y me dijo, «vale, vale».
Lo mejor de todo fue que a los pocos días, yo solté una de las mías, y él me dijo: «Eh, tú, no llames tonta a mi madre».
En nuestra casa ya hemos instaurado ese recurso como truco para darnos cuenta de que no nos estamos tratando con cariño. Un truco fácil y que te trae al aquí, ahora, yo, mi discurso de forma rápida con cierto humor y mucho amor.
La autoestima no es solo algo que sentimos; es algo que construimos cada día, con cada palabra que nos dirigimos y con cada gesto que compartimos.
Si queremos ayudar a nuestros hijos a quererse y respetarse, el primer paso es aprender a hacerlo nosotros mismos.
Quiero invitarte a hacer una pausa. A reflexionar sobre el tipo de mensajes que te dedicas y el impacto que tienen en tu familia.
¿Cómo sería tu vida si te hablaras con el mismo cariño y respeto con el que hablas a los demás?